La veda del Orisha

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Pocas personas recuerdan a los ancestros más allá de sus abuelos. Quizá en alguna conversación aparezca una u otra referencia a “la madre del abuelo” o a la bisabuela, por ejemplo; pero, no resulta habitual. La expresión “uno de mis antepasados” resuelve de un golpe cualquier alusión al origen familiar.

Sin embargo, cuando se trata de fundamentar un linaje, se recurre a los orígenes más remotos; y se aspira encontrar relación entre esa persona y algún personaje que trascendió en la memoria colectiva, por su heroísmo, por su conducta, o por elementos menos espirituales. Eso resulta esencialmente humano.

Así ocurre en nuestra generación, cuando conociendo la historia que nos antecede y sus personalidades señeras, buscamos el hilo que pudiera unirnos a ellos; algunos, en dependencia de su filosofía personal, de sus ideas, buscan esa relación con los héroes de la mambisada, otros con las familias de abolengo... de la misma manera que aquellas familias de abolengo buscaban, en su momento, la forma de entroncar sus existencias con las que les antecedieron con el don de la “sangre azul”, de la nobleza. Era tanta la necesidad (espiritual y material) de atar sus vidas a los “elegidos”, que no pocos títulos nobiliarios fueron comprados y no otorgados por las monarquías (que ya recibían por mandato humano y no divino tal categorización).

Pero, aquellos encumbrados, a su vez, soñaban con esos puentes de relación que los llevaran a encontrarse con los héroes y semidioses que colmaron las leyendas y las epopeyas, donde la genealogía los emparentaba además con los dioses. Y ya era ese el término del viaje hacia el origen. No había nada más hacia atrás.

Las diferentes culturas imponen como patrones sus dioses y sus religiones respectivas y por eso, cuando una nación o etnia se imponía a otra, colocaba sus dioses por encima de los dioses de las naciones sojuzgadas e imponían un panteón, una gran familia divina, donde a veces, permitían la entrada de los dioses mayores de aquellos sojuzgados, como parientes pobres más o menos cercanos de los suyos.

La historia de los romanos nos muestra que al imponerse a Grecia, de tan bien estructurado panteón tutelar, optaron por tomar a casi todos sus dioses, pero, llamándolos a su modo, parodiándolos, apropiándose de ellos. Así surgió la mitología grecolatina que estudiamos desde adolescentes.

Pues bien, en los pueblos africanos, sus hombres y mujeres acudían a esta relación con el pasado familiar de similar manera, hasta entroncarse con sus dioses, los cuales serían impuestos los unos sobre los otros hasta el panteón original de la mitología del lugar, hasta los orígenes divinos de cada cultura nacional... pero no se conformaron las naciones de igual manera que en Europa, estarían al margen de la cultura occidental que acabó por imponerse y sería preferible hablar de pueblos, de etnias.

Los que fuimos “descubiertos”, conquistados y colonizados por esta cultura occidental; y evangelizados... hemos conocido toda una gran familia, a semejanza de las familias nuestras, en la cual, de una manera original que implica incluso el triángulo amoroso tan recurrente entre dos hombres y una mujer; surge el Mesías, el hombre UNO, el semidiós, el hijo indiscutible del Dios UNO, que no era otro que el representado por el ESPÍRITU SANTO, es decir, por el tercero del triángulo que conformaba con José el esposo, con María, la esposa.

De esos tres, aunque los que han impuesto esa religión a partir de ese mito, señalan la trinidad del hijo, el padre y la línea de conexión del espíritu santo, como la verdadera trinidad, surge, se estructura, la Gran Familia que gracias a tan original y “creíble” solución, los cristianos (porque Cristo resulta el padre) resuelven, al “conectarse”, a cada feligrés, con el origen mismo de su especie.

Pero, si en la cultura occidental se ha impuesto tal concepción, en la cultura asiática surgió, de raíces diferentes, otro gran creador y se originó otra gran familia y por supuesto, otra religión; y en el norte de África y el Medio Oriente se estructuró otra; y luego estas tres se han dividido, estratificado... y así la católica apostólica y romana que nos llegó a nosotros, porque la antigua provincia del imperio romano que fue España fue quien nos evangelizó... no resulta de ninguna manera la única.

De la misma forma que esta iglesia y esta religión ha negado sus orígenes verdaderamente revolucionarios y ha negado la herencia de la cultura hebrea que le antecedió y de la cual tomó no pocos capítulos aleccionadores; ha negado también a sus propias “hijas” separadas de la gran familia.

Y han quedado marginadas las mitologías de los demás pueblos, como las tres grandes religiones se niegan entre ellas y niegan aquellas que consideran secundarias o primitivas, pues no existe, por supuesto, una gran familia única...

Sin embargo, a pesar de imperar una u otra concepción al respecto, en cualquier lugar del mundo se conoce, porque parte de la cultura, la mitología grecolatina, aunque se asume como un elemento cultural, no como filosofía que rige nuestros actos.

Entonces, si conocemos la mitología greco-latina, y por la historia explicadas hemos tenido que asimilar, los no cristianos, su mitología, como elemento cultural... ¿Por qué no vamos a conocer, e incorporar, al menos como parte de nuestro acervo cultural, la mitología africana? Y más concretamente, ¿Por qué no vamos a conocer, e incorporar a nuestro mundo del saber la mitología afro-cubana, es decir, la que se ha ido conformando en nuestro país a lo largo de la historia?

Mucho tendríamos que decir con respecto a la impronta de las religiones africanas en Cuba, si nos afiliamos a un criterio generalizador, integral, académico... pero de lo que se trata en esta oportunidad es de informar acerca de esa amalgama de influencias socioculturales, que en la población cubana pueden constatarse aún; y quizá con mayor fuerza cada vez, atendiendo a la real apertura de posibilidades comunicativas actuales, sobre estos temas, que antes conformaron algo tabú, es decir, prohibido.

Resulta, por otra parte, significativo, que a cada momento se suman nuevos sectores de la población, no sólo por la apertura de marras, sino por un verdadero interés cultural, por el deseo de conocer las religiones no cristianas que a soto voce, de manera clandestina, en secreto, practicaron desde siempre de una manera u otra muchos cubanos, o al menos se mantuvieron como un sustrato de sus conciencias, influyendo en su conducta, como filosofía de origen no confesado.

Y es que tradicionalmente la marginalidad ha sido la conservadora de estas creencias “no cristianas” que tuvieron que subsistir por la astucia del sincretismo. Los africanos, al ser arrancados de forma violenta de sus tierras mediante la Trata Negrera y trasladados como esclavos a las entonces colonias europeas de las Antillas (y otros lugares del Nuevo Mundo), no tuvieron más remedio que ocultar sus creencias religiosas mediante la simulación al “aceptar” la impuesta por el colonizador, mediante la llamada “evangelización”.

El catolicismo imperante denigraba tales creencias y por lo tanto se castigaba su práctica en las dotaciones, por ello, la simulación fue la táctica y única posibilidad, para mantener esas ideas. Adorar las imágenes católicas, viendo en cada una de ellas al orisha o santo africano de su región de origen, dio paso al sincretismo.

Autorizados, más adelante, a festejar la tradición católica del 6 de enero, “la fiesta de los reyes magos”, se reunían los negros y en sus lenguas, frente a los altares de inspiración europea, rogaban a sus dioses africanos consustanciados, en las únicas imágenes que podían adorar. Después, los libertos mantendrían esa tradición y lograrían que sus hermanos de las distintas dotaciones cercanas y los muchos esclavos domésticos, tuvieran licencia para acompañarlos en tales festejos.

En esa oportunidad, se veían los hermanos, de raza y de familia, que se agrupaban por etnia y recordaban sus bailes folklóricos, sus trajes, sus costumbres, e invocaban de ese modo a sus divinidades. Por ello la danza africana, el baile mismo, es una manera de adoración al orisha. Es oración, acto de fe y homenaje a la divinidad africana, invocación que sustituye al rezo, a las palabras.

El azar, más que cualquier otra circunstancia, debido a la irregularidad con que fue ubicada cada etnia en las dotaciones de esclavos, provocó
por ejemplo, que un individuo de la etnia carabalí estuviera unido con otros de igual etnia o incorporado a un ingenio cuya dotación fuera mayoritariamente lucumí o conga, por citar sólo dos ejemplos.

La compraventa de nuevos esclavos multiplicaba esta situación. Ello hacía que cada individuo no sólo recibiera y trasladara a sus hermanos la influencia de la religión imperante, la católica, sino también la interinfluencia con las demás religiones o creencias del continente negro, enriqueciéndose así el ya complejo entramado de esas religiones en estas tierras.

La liturgia africana, aplastada por la liturgia católica y modificada por el contacto entre sus variadas etnias, (contacto que en sus tierras de origen no existía, o se desarrollaba en otras condiciones menos apremiantes), originó la posibilidad de que se agruparan las ideas religiosas, -al menos en nuestro país-, en dos “reglas” significativas, la regla de Ocha y la de Palo Monte.

Reglas que, en tierras africanas no existieron propiamente, sino que se originan en estos lares, por las características anteriormente apuntadas, ya que incluso la determinante conformación de yorubas en la regla Ocha o la mayoritaria presencia de congos en la de Palo Monte, no implica que no existan en ambas, mezcladas éstas y las restantes etnias, o por lo menos, numerosos individuos de ellas.

La regla Ocha se mantiene más cohesionada, mejor estructurada que la de Palo Monte, donde puede apreciarse una confluencia de varias liturgias de procedencia africana; como la que “monta el santo”, por ser su practicante “caballo” de algún Orisha, comúnmente llamada “liturgia de mayombe”; la que “prepara los trabajos para la salud”, conocida como “liturgia embisa”; o “la liturgia kinfuite” que se dedica a llorar a los muertos (más bien, según el punto de vista occidental, a festejarlo, mediante el bembé); y, entre otras, “la liturgia briyumbe” que totaliza mayor cantidad de adeptos quizá, debido a que incluye prácticas de las anteriores liturgias.

Es indiscutible que en nuestro pueblo, un componente esencial es su religiosidad no definida, ecléctica... mezclada, debido al “ajiaco” cultural y racial que queda explicado, por las notas que anteceden, las cuales se refieren al mestizaje sobre el que nos hablara Don Fernando Ortiz.

La transculturación ocurrida en nuestro caso, tiene raíces más profundas...

En ella participan la cultura europea –no sólo española- (y ésta de por sí, ya heterogénea); la aborigen (menos compleja, pero, reforzada por yucatecos y otros vecinos); la asiática que arriba antes de nuestras luchas por la independencia – factor decisivo en la conformación de nuestra nacionalidad- y la africana (esta última diversa, sumamente mezclada ya).

Sustituyendo al rezo, la danza a Ochún, es decir, a la Caridad del Cobre, es toda una invocación para que interceda a favor del creyente.