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De cenicienta a princesa de Cuba

La Fiesta de los Bandos

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Es cierto que nuestra ciudad, Pinar del Río, desde hace años mantiene las Fiestas Populares; pero, también es una verdad incuestionable que éstas sólo adquieren una connotación de festejo y diversión, de esparcimiento y de una especie de “receso” en la labor de un año de constante batallar. Y no critico que ello resulte efectivo o no para la población, que por cierto está cada vez menos dividida en sus opiniones sobre las Fiestas de la Ciudad, pues se hace mayor el grupo que las impugna.

Lo que señalo es lo poco enriquecedora de estas fiestas que en sus mejores momentos sólo resultan un remedo facilista de la trocha santiaguera –a mucha distancia de ellas- que ni siquiera recuerda a nuestras Ferias de San Rosendo, de la década del cuarenta del siglo pasado, cuando el Comité Todo por Pinar del Río rescataba las Verbenas que le antecedieron desde 1903; y mucho menos recuerdan a nuestras Fiestas de los Bandos, del siglo XIX.

La Fiesta de los Bandos fue sin duda, la que mayor arraigo y valor cultural atesoró durante varios años. Su origen se pierde en esa bruma de las primeras décadas del siglo XIX, solamente iluminadas por los textos de Tranquilino Sandalio de Noda, o de Villaverde o de su contemporáneo, no menos célebre, José Victoriano Betancourt, en sus estampas y tradiciones.

El matancero Félix Manuel Tanco nos deja también una crónica interesante sobre las lidias de gallos, que se desarrollan durante la Fiesta de los Bandos, en 1848. Y la camagüeyana Gertrudis Gómez de Avellaneda, a finales de septiembre de 1863, según la tradición oral, durante su homenaje en el Liceo Lírico Musical pinareño, poco después de aquel que recibiera en el habanero Teatro Tacón; se interesó por los festejos locales y comentó que le parecían un poco belicosos no sólo atendiendo al santo guerrero que como patrón regía las fiestas, sino que aunque en juegos y paseos, enfrentaba a criollos y españoles, lo que no era de su agrado.

Cuatro años después, Amado Oscar de Céspedes, hijo del Padre de la Patria y quien contribuyó a tal epíteto luego de haber sido apresado al salir de esta jurisdicción, constataría en el medio teatral pinareño, en el cual se insertó acompañando la Fiesta de los Bandos de 1867, ese enfrentamiento; tal como lo harían los pinareños que sufrieron la prohibición de la Fiesta, por parte de las autoridades españolas desde ese año, debido a la situación revolucionaria que conllevó la lucha por la independencia, en estas tierras occidentales.

Sólo diez años después, en 1877, cuando todavía quedaban partidas de alzados en los alrededores de Pinar del Río, (como muestra evidente de que la Guerra Grande no había sido sofocada del todo en nuestra zona), resurgieron tales fiestas, primero asociadas al Santo Patrón San Rosendo, el primero de marzo, pero luego se trasladaron como culminación de la Semana Mayor o Semana Santa y en vez de un día se extendieron a tres, en el mes de abril.

Y por supuesto que al reanudarse las mismas, el representante de la colonia española en Pinar del Río, el Bando Rojo, sobre todo a partir de aquella Fiesta de 1878, año del Pacto del Zanjón, no sería sólo Rojo aunque siguiera llamándose así, sería rojo y gualda en sus trajes el día de la Fiesta, para mostrar los colores de la bandera española que había derrotado a los mambises. Y el Bando Azul, llamándose así, llevaría el blanco además en sus vestimentas y la escarapela roja o algún adorno, mostrando los colores de la bandera de la estrella solitaria.

Oscurecidas por el impacto de los movimientos sísmicos que sacudieron a Pinar del Río en 1878, 1879 y 1880, las fiestas no tuvieron el lucimiento que en 1881 alcanzarían, según conocemos en las memorias de Enrique Prieto Candás alcalde pinareño de entonces, o en el genial texto que rebasa las características de una simple crónica y por eso su autora la poetisa Felipa Estrada García, lo inserta como capítulo de una novela suya que se edita en Europa; y lo publica además en folleto independiente.

De ambos textos me he nutrido, entre otros, con el objetivo de tipificar en una lo que en varias Fiestas de los Bandos ocurrió; y de este modo facilitar a la dirección de cultura en el territorio un documento que permita desarrollar el proyecto de rescate de tales Fiestas, como genuina manifestación de nuestro patrimonio inmaterial.

Escrito por Gerardo Ortega en su sitio Estampas de la Vueltabajo.

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